Nunca olvidaré la primera vez que oí aquel rugido. Amanecía en las selvas de Tikal. La niebla surgía del suelo empapado y se elevaba, ocultando arbustos y grandes troncos, tragándose las antiguas estelas y dándo a las pirámides mayas un aire fantasmagórico e inquietante.
Mil sonidos atravesaban la niebla. Zumbidos de insectos. Gotas de humedad que caían sobre las hojas. Y pájaros, cientos, quizá miles de pájaros. Sus voces sonaban extrañas. Ásperas unas, rítmicas otras.
De repente empezaron los rugidos. Profundos. Poderosos. Imponentes.
Volví la mirada helada hacia el guía guatemalteco. Él me sonrío y dijo:
-Monos, monos aulladores.- Y señaló las copas de los árboles.
Los monos aulladores -también llamados cotos, araguatos o carayás- habitan en las selvas de América Central y del Sur. Su rugido puede oirse a kilómetros de distancia. Es una advertencia. Si te acercas pueden tirarte lo primero que encuentren. Incluyendo sus propios excrementos.














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