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Si la estancia prolongada entre rascacielos comienza a ahogarte o si esta es la enésima vez que descubres los encantos de Bushwick, tal vez, te venga bien esta lista. Los pueblos más bonitos de Nueva York son la escapada perfecta –y puede que algunos te suenen de esas series de drama adolescente a las que niegas estar enganchado y de esos telefilmes que nunca ves los sábados por la tarde en Antena 3–.

 

Mountainville, arte campo adentro

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Cuesta imaginarse que a poco más de una hora desde Penn Station –una de las estaciones principales de Nueva York, ubicada en Manhattan– exista un paraje natural como este. Mountainville es una pequeña pedanía del pueblo de Cornwall. Sus casas de madera se diseminan a lo largo del valle del río Hudson, presidido por la imponente Storm King Mountain.

Es un espacio idóneo para hacer rutas de senderismo, y también para disfrutar del arte al aire libre. Storm King no es únicamente una montaña es también el nombre del colosal museo en pleno bosque fundado en 1960. ¡Alquila una bici al llegar y recorre sus 500 hectáreas pobladas de gigantes esculturas que conviven con la fauna y la flora del lugar! Importante: llévate un bocata en la mochila que no hay demasiados restaurantes cerca.

 

Beacon, un pueblecito “made in America”

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Menos de 15.000 habitantes en un constante barrio residencial a orillas del río Hudson: viviendas unifamiliares, de esos en las que las puertas se quedan abiertas –recuerda a Daniel “El Travieso” –, una calle principal, centro neurálgico de las compras, con sus hamburgueserías, sus tiendas de souvenirs hipsters, de artesanía y de helados orgánicos, y por supuesto, una iglesia de arquitectura victoriana. ¡El lugar ideal para un domingo de paseo!

Además, si eres amante de lo contemporáneo, la Dia: Art Foundation tiene una sede en Beacon desde 2003 bastante desconocida, con obras de Andy Warhol o Richard Serra entre otros. El edificio también tiene su interés: una antigua fábrica de galletas Nabisco recién reformada.

Y, por si optas por pasar la noche, The Roundhouse es el hotel boutique que necesitabas para completar el sueño americano.

 

¡Sleepy Hollow existe!

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No es sólo una peli de Tim Burton: Sleepy Hollow existe. Tarry Town es el nombre real del municipio donde transcurrió el relato del jinete sin cabeza. Escrito por Washington Irving en 1820, todavía hoy se nota su huella en la ciudad: esculturas de jockeys descabezados en jardines, cementerios y parques son la tónica dominante. Además del reclamo escabroso, el cementerio y el faro y sus vistas también merecen una caminata.

Pero, la verdadera atracción turística es la mansión Kykuit, propiedad de la familia Rockefeller. Un palacio versallesco con su jardín de esculturas. ¡En primavera y otoño es cuando más bonito se pone, así que, ya sabes!

 

Harriman, el gran parque natural

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¿Conoces el Appalachian Trail? Es un sendero de 3.500 kilómetros que recorre Estados Unidos y Canadá, un sueño para cualquier fan del turismo activo. Harriman State Park abarca parte de la ruta y su dificultad es apta para neófitos. El hiking, como lo llaman en USA, se ha puesto muy de moda, así que es probable que te encuentres con muchos exploradores intentando alcanzar la conocida como Bear Mountain. Si eres capaz de pasarla, te toparás con un precioso lago acondicionado para el baño.

Consejo: lleva agua, víveres y un buen calzado. ¡Aquí no hay civilización que valga!

 

New Canaan, arquitectura singular en Connecticut

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Si te gusta Ang Lee, New Canaan es probable que te suene del film “La tormenta de hielo”. En esta pequeña urbe destaca la mezcla de arquitectura tradicional americana con casas ideadas por los llamados Harvard Five, un grupo de arquitectos de la prestigiosa universidad que entre 1940 y 1960 apostaron por una renovación de materiales y estructuras, encaminadas a la apertura. La conocida como Glass House, de Philip Johnson es la obra más representativa.

Y, para continuar con la vanguardia arquitectónico-artística, en 2016 abrió sus puertas Grace Farms. Un enorme centro cultural ideado por el estudio japonés SANAA, se encuentra perfectamente integrado en la naturaleza –desde el aire se vislumbra como una culebra plateada–. Y aunque no tiene fácil acceso en transporte público o a pie desde la estación de tren del pueblo, su entorno, su biblioteca, su salón de te y sus espacios deportivos harán que te compense el esfuerzo.

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Acerca del autor

Arquitecta, friolera y culo inquieto, entre otras cosas. Zamorana de nacimiento, me mude a Nueva York hace 3 años para estar 3 meses y nunca me fui. La ciudad y su escala no dejan de fascinarme.

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