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Fotos: J. Granullaque.

 

Hoy cedemos la palabra en nuestro espacio a Jorge Granullaque, periodista con alma viajera.

¿Cuándo comienza un viaje? Depende. Yo soy del equipo que inicia sus viajes cuando compra el billete hacia el destino. Es más. En algunas ocasiones, ese viaje comienza antes, justo cuando buscas el nombre de una ciudad que se adapte a tu gusto y presupuesto. Comienza cuando te sientas delante del ordenador, abres la web y tecleas Nairobi, Eldoret, Dar es Salaam… Johanesburgo. Quieres presentarte ante los Big Five africanos y lo quieres hacer a tu aire, sin una excursión o un safari guiado. Ni Kenia ni Tanzania son la mejor opción para el “Selfie traveler”, porque te obligan a contratar casi todo. ¿Y Suráfrica? Pues vamos a preguntarle a Destinia: “¿Por favor, algún vuelo disponible para Johanesburgo, puerta de entrada al Parque Nacional Kruger?”. Y así comenzó nuestro viaje a Lesoto, Suazilandia y el este de Suráfrica.

Comprados los vuelos, toca buscar coche de alquiler y alojamiento. ¡Cómo cambian los tiempos! No hace mucho, viajábamos a sitios remotos con muy poca información, sin alojamiento reservado y sin opciones de comunicación. Ahora, quien no se pasea por Internet, pierde tiempo y dinero. Antes, se planificaban etapas para llegar al destino a buena hora para localizar alojamiento. Ahora, fijas las etapas con antelación –en función del país o continente en el que te encuentres, porque no es lo mismo Gambia que Noruega– y reservas los alojamientos desde casa. ¿Cuándo comienza un viaje? Pues lo tengo claro, cuando te pasas semanas salivando, revisando la ruta, escribiendo a los lugareños para saber qué caminos son accesibles y cuáles son intransitables. Cuando ordenas en un cuaderno un mapa de 19 días de viaje, 5.000 kilómetros de carreteras y tres países del sur de África.

Lesoto, los pirineos africanos

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Como he escrito antes, en la página de Destinia compramos el vuelo Madrid – Addis Abeba – Johanesburgo y también alquilamos el coche que nos iba a acompañar durante todo el viaje. Primer día de ruta y una única misión: salir del aeropuerto surafricano y llegar a Bethlehem, a los pies de Lesoto. La red de infraestructuras de Suráfrica es realmente buena. Autopistas y carreteras bien asfaltadas que nos permitieron recortar algunos de los kilómetros previstos. Cae la tarde y llegamos a Lionsrock Lodge, un paraíso. Un regalo no previsto, porque sólo necesitábamos un lugar donde pasar la noche. Sin embargo, este santuario de grandes felinos nos enamoró, no sólo por el paisaje, también por la calidad del servicio y por la labor que realizan rescatando, curando y cuidando a grandes felinos heridos o abandonados (gran parte de los felinos de esta reserva privada provienen de circos desmantelados del este de Europa).

En ese momento pensamos que si esa era la carta de presentación del viaje, con el Lionsrock Lodge como primera parada, todo apuntaba a un viaje de ensueño, como así fue. Antes de dormir, repasamos la ruta hacia Lesoto y los horarios de apertura de la frontera con “el país de los que hablan sesotho”, el Reino de los basotos. Según conduces hacia el paso fronterizo de Calendospoort, empiezas a apreciar el perfil montañoso del país africano. Lesoto es como poner los Pirineos o los Alpes en el sur del continente de ébano. Abrupto, escarpado, vertical. Mágico.

El Reino de Lesoto, una monarquía parlamentaria tan grande como Galicia, habitada en su casi totalidad por la etnia basota, vive del pastoreo, de la agricultura, de la fabricación y exportación de energía hidráulica, de la venta de agua, de la emigración a Suráfrica. No es un país pobre, aunque sí humilde. Lesoto es uno de esos países de África que aparecen en las estadísticas de la población diezmada por el sida. Esta enfermedad se cebó con ellos en la década de los 80 y 90. Décadas que han dejado millares de niños huérfanos. Niños que, vestidos con uniformes, caminan por aquí y por allá, por carreteras y caminos, de ida y vuelta del cole. Pastores, ganado y niños. Los elementos vivos que más abundan por las tierras altas de Lesoto. En la parte baja del país, donde se encuentra Maseru, la capital, se multiplican los coches, la polución, los mercados… La ciudad de Roma es el núcleo universitario del país. Afriski, la estación de esquí más famosa del sur de África. Y la sonrisa y amabilidad, la seña de identidad de los basotos.

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Tiene algo de místico coronar el Tlaeng Pass, a 3.251 metros de altitud sobre el nivel del mar, camino de Mokhotlong, sintiendo la inconmensurable presencia de las Drakensberg Mountains. Tiene algo de arriesgado –y así lo sufrimos- atravesar pistas de tierra hasta Ha Lejone. Tiene algo de impresionante recorrer la sinuosa carretera que flanquea la presa Katse Damm. Tiene algo de vertiginoso descender por la carretera que transita por el corazón de las Maloti Mountains, con rampas del 12% de desnivel, exprimiendo el freno-motor y tocando con suavidad los frenos del coche. Tiene algo de entrañable acercarse a la cultura local en las poblaciones que salpican la geografía entre Roma, Morija, Mafeteng y Mohale`s Hoek. Tiene algo de privilegio llegar al “Gate of Paradise” de Malealea, una ventana que nos enseña la cordillera de Thaba-Putsoa. Tiene algo de único acceder a la catarata de Maletsunyane, en Semongkong. Y tiene algo de inenarrable lo que se siente cuando, después de varias horas de coche, se entra en Qacha`s Nek.

Para el motero trotamundos, citarle el Sani Pass es ponerle en la comisura de los labios la sonrisa de una ruta escarpada; el gran sueño de tierra, piedras y curvas, el reto de lo que se piensa imposible. El paso de Qacha`s Nek no es como el Sani, pero fue el que elegimos para retornar a Suráfrica. Y fue todo un acierto, porque Qacha`s Nek es una población dinámica, llena de bullicio, de pollo con puré –insípido- de maíz, de bares, de mujeres divirtiéndose, de hombres jugando al billar. Toda una experiencia que concluyó, con mucha pena, en la frontera, cuando sellamos los pasaportes para abandonar el país. Lesoto, el país de los picos imposibles.

¿Qué comer?

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Como por estas tierras africanas sí se venera a Cristo, no hay problema a la hora de encontrar carne de cordero, cerdo, ternera, pollo… Es un país ganadero, con una amplia cabaña repartida por las tierras de alta montaña del sur y las tierras bajas del norte. En casi todas las poblaciones hay un pequeño supermercado donde podemos encontrar productos manufacturados, lácteos, pan, la omnipresente Coca-Cola, agua, cerveza, fruta. Tal y como ocurre en el resto de África, los puestos callejeros abastecen a la población de carne a la parrilla –generalmente pollo- y de fruta de temporada.

También podemos optar por un restaurante. Olvídate de manteles de tela. Por lo general, son chiringuitos. Casi nunca recomendaré comer en los restaurantes de hoteles y centros turísticos. ¿Qué gracia tiene estar a 12.000 kilómetros de tu casa y comer con un británico, un francés, un americano y un alemán? Parece un chiste, pero “la prima de riesgo” no entra dentro de mis temas de conversación fuera de la cansina Europa.

¿Y qué se come en un chiringuito local sin mantel de tela? Lo que haya ese día en la cocina. Nunca faltarán verduras, patatas, arroz, pollo frito y una especie de puré de harina de maíz llamada “papa”, tan insípida como apreciada por los basotos. Ya se sabe: “Allí donde fueres, haz lo que vieres”. En los chiringuitos no suelen tener bebidas alcohólicas, aunque como la hospitalidad es uno de los fuertes de esta gente de Lesoto, si pides permiso para comprar en una licorería unas cervezas con las que acompañar la comida, no te pondrán problemas. Licorerías. Aunque no se ve a gente beber por la calle –hay que tener mucho cuidado con lo de beber alcohol en la calle–, las licorerías sirven género sin problema. Suelen estar al lado de los supermercados, que tampoco venden alcohol en su interior.

Otra de las experiencias que se puede vivir en Lesoto es entrar a un bar de copas. Como la religión no se lo impide, es muy habitual encontrar bares donde tomar un refresco, una copa o una cerveza. Bares en los que las mujeres bailan mientras los hombres juegan al billar, a las cartas o a flirtear. Son también del estilo, estética y diseño de los chiringuitos. Bloques de hormigón, luz escasa, música alta… ¡y cerveza muy fría!

Consejos para moverte en coche y otros trucos

Lesoto es una combinación de carreteras recién asfaltadas con otras llenas de agujeros, caminos y pedregales. Para evitar sustos, lo mejor es conducir con un 4×4, pero un coche todocaminos es perfectamente válido para recorrer el país. Las fronteras, por lo menos las de Qacha`s Nek y Calendospoort, son cómodas, tranquilas y con funcionarios que te ayudan con los trámites. Papeleos muy rápidos. Se paga una tasa por el coche, que se cobra sólo a los turistas por el uso de las carreteras.

En la zona sur, en las tierras bajas de Lesoto, hay abundantes gasolineras, porque hay numerosas poblaciones. En el norte, la dispersión es mayor y los surtidores escasean. Es conveniente llevar siempre el depósito lleno. Días festivos, días de mercado, días en los que el reparto no funciona… cualquier día es bueno para encontrar una gasolinera cerrada. No te confíes. Y, como recomendación para todo el planeta, verifica que el surtidor está a “cero” cuando comienzas a repostar. Las triquiñuelas para sacar un poco de dinero al turista es común al género humano.

Por lo general, se conduce de forma ordenada, aunque por la izquierda, como en el Reino Unido. Se respetan los semáforos y los cruces. En carretera, la gente suele dar paso con los intermitentes, de forma contraria a España. Si vas por el carril de la izquierda y el vehículo de delante da el intermitente de la derecha, te está dando paso. ¿Cómo se agradece la amabilidad? Cuando terminas la maniobra de adelantamiento, accionas los “warning”. Los conductores avisan de radares con las ráfagas, usan los arcenes para apartarse y dejar paso. No es un país incómodo para conducir.

Sobre el cambio de moneda. En Lesoto se funciona con el Rand surafricano. Misma paridad. Sólo hay que tener un pequeño detalle en cuenta: si pagas en rands y te devuelven en lotis (moneda de Lesoto), una vez que salgas de Lesoto, esa moneda te quedará sólo como recuerdo. Ni en las poblaciones que hacen frontera con el país basoto te aceptarán el loti.

Pueblos y ciudades tienen bastante movimiento desde primera hora de la mañana, pero a partir de las 18:00 horas, la gente desaparece. Es algo común para Suráfrica, Lesoto y Suazilandia.

En definitiva, una sonrisa y ganas de conocer otras formas de vida y otras sociedades son consejos suficientes para recorrer Lesoto.

 

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Acerca del autor

No tengo alas pero me ecantaría. Contadora de historias, me gusta viajar no solo con la maleta sino con las palabras. Hago lo posible para tener los pies en el suelo y la mirada en el cielo. Soñar es gratis, divertido y gratificante.

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Comentarios

  • Teresa junio 17, 2015 at 8:28 am

    Hola Jorge,
    Me ha encantado tu relato, lo leo, lo leo y lo vuelvo a leer y me hace sentir que he estado allí.
    Muchas gracias por compartir tu viaje, estoy deseando leer las demás partes.
    Teresa

  • Belen junio 18, 2015 at 2:37 pm

    ¡Gracias por tu comentario Teresa!